En el crepúsculo de mil novecientos ochenta y uno descubrí “Carros de fuego”. Quedé tan impresionado que tres años más tarde decidí participar en la primera edición de la San Silvestre de Salamanca. Quería sentir el interior de la película en mí. Es decir, deseaba ser el personaje real de mi vida. Ese por el que corrí y corrí, dejando atrás inciertos fantasmas de nulidad. Esos por los que acudía al cine cada semana en busca de respuestas concretas. Las que me ofreció la película cuando más lo necesitaba. Lo que convirtió la carrera en algo tan fundamental que siempre vuelvo a Salamanca en Navidad. Cuando el frío aprieta y la pesadumbre de la realidad se vuelve mortal. Tanto que, aquella playa muda de la pantalla blanca, es un adoquín que, en un instante congelado en el tiempo, me dice que, ahora mismo, estoy escribiendo la historia de mi porvenir.