A pesar de que había conseguido la cita, motivo de la apuesta, decidió correr la San Silvestre Salmantina disfrazado de cebra, sin darle importancia al hecho de que hacía al menos dos años que no hacía nada de ejercicio.
Una vez iniciada a la carrera, al llegar a Plaza España el corazón se le salía por la boca, en la Puerta de San Pablo el cansancio era tan evidente que comenzó a verlo todo borroso.
Su mente había dejado de ver asfalto y escuchar el jolgorio de la gente; se encontraba ahora en plena sabana africana, notando el cálido aliento de un león hambriento en su nuca.
Maldito y bendito karma