Comienza la carrera y, de entre el colorido maremágnum de zapatillas desconocidas que comienzan a correr, mis ojos se fijan en un par que se mueve acompasadamente, primero una, luego otra, marcando un ritmo casi hipnótico, primero una, luego otra. No sé cómo se llaman, no conozco su edad, pero mi mente se ha sincronizado con su bamboleo, primero una, luego otra, mi mirada está fija en ellas y mis piernas corren al ritmo que me marcan primero la una y luego la otra. Me llevan al límite, pero no quiero aflojar para no decepcionar a las zapatillas desconocidas. Me marcan el ritmo. Me llevan en volandas. Por fin, llego a la meta. Las zapatillas desconocidas se pierden de nuevo entre el mar de zapatillas desconocidas. No he tenido tiempo de darles las gracias, pero sé cómo hacerlo: en la próxima carrera me convertiré en las zapatillas desconocidas para otro.