27 DE DICIEMBRE DE 2026

Yo corría convencido de que el cuerpo puede olvidar lo que el alma no quiere soltar.
Cada paso que daba parecía el mismo. La gente aplaudía, gritaba mi nombre, pero nadie sabía que lo que realmente me dolía, no eran las piernas, sino el alma.
Yo corría, sí, pero no para cruzar la meta.
Corría para ver si el viento me arrancaba la tristeza, para ver si el sudor me limpiaba el alma.
Dicen que correr es soltar, liberarse de aquello que pesa y a la vez duele, pero yo solo sentía que algo me seguía —algo que tenía mi nombre, mi tristeza y mis ganas rotas.
Entendí que uno no huye del dolor:
solo cambia la forma en que lo carga.
A veces en las piernas, a veces en el pecho, y casi siempre en silencio.