Mario se ata las zapatillas con la misma mano. Un año atrás apenas podían sostenerse en pie. Para él no es solo una carrera más; es su revancha contra el tiempo, su victoria sobre el miedo. Entre el frio y los aplausos, siente que corre sobre los siglos del Puente Romano, sobre las huellas de quienes también creyeron en empezar de nuevo.
A su lado, Martina. Es su primera vez, no compite contra nadie, solo con sus dudas. Las luces de la Plaza Mayor la empujan a seguir cuando el cansancio amenaza. Al cruzar la meta, comprende que el verdadero premio no se mide en segundos, sino en latidos.
De entre todas las personas, aparece de la nada la abuela Puri. Prometió solo animar, pero este año también se inscribió, salió disparada, sin frenos, adelantando a todo el que tenía por delante hasta alcanzar la meta con su propio nieto.