Llegó la San Silvestre. Esa carrera que tantas veces habÃa corrido y disfrutado. Esa que todos los años le hacÃa calzarse sus deportivas y salir a galopar. HacÃa ya 10 que se dedicaba a organizar.
«Los años no pasan en balde» decÃa «pero, a mi, no me alejan de esto ni con agua hirviendo».
Unas horas más tarde:
– ¡Aupa! (Gritaba Julia).
Y de pronto, cayó. Calló.
– ¡Despierta!
– ¡Julia, despierta!
– ¡Por favor, despierta!
Sollozos a su alrededor, impotencia y desazón. Gritos de ánimo a los participantes, a la resistencia y la constancia.
Y asÃ, el corazón de Julia dejaba de latir. Infarto fulminante. Antagónicas miradas de quienes conscientes de su fin, derramaban sus lágrimas; de quienes ajenos a la situación, sonreÃan y aplaudÃan a los valientes corredores que tras 10 km atravesaban la meta.
Entre antagonismos, ella, morÃa; y sonreÃa. Atletismo como forma de vida; atletismo, hasta su último dÃa.