27 DE DICIEMBRE DE 2026

La sensación de estar en otra San Silvestre más se desvanece al cruzar los arcos de la Plaza Mayor. Hasta ese momento la mañana es gélida, el sol no templa lo suficiente y el cuerpo no ha entrado todavía en calor. Es entonces cuando se experimenta un desbordamiento emocional, similar al del síndrome de Stendhal, por sobreexposición a decorados maravillosos: las vistas desde el Puente Romano, el encuentro fugaz con el pórtico de la Catedral desde Libreros, la admirada ranita de la fachada de la Universidad, el imponente cruce de la Casa de las conchas y una Fonseca que sigue igual de triste y sola. Al cruzar la meta me fundo en un abrazo con mi compañero, amigo y lazarillo, al que no podré agradecer lo suficiente que me preste sus ojos para soñar los paisajes, y este, sin duda, ha sido un marco incomparable.