Llevábamos los dos la lengua fuera cuando, al cruzar el Puente Romano, nos pareció escuchar una voz ronca que embaucaba a un muchacho. Bastó la señal que suelo hacerte en estos casos para que ahuyentaras al hombre. El crÃo te dio las gracias, aliviado, como si supiera que le habÃas librado de un coscorrón, y se escabulló veloz entre los corredores.
Al llegar a la meta, te aplaudieron a rabiar. Normal.
Fuiste el primer perro-guÃa que concluÃa la San Silvestre. salmantina. FÃjate, en todas las fotos de aquel dÃa tienes la mirada pÃcara, como si supieras que habÃas hecho historia.