Los vestigios creados por los ecos de resacas pasadas parasitan su presente: El bailoteo del vaso al tambalearse en la mesa. El estruendo producido por el lÃquido al chocar contra el fondo del cubilete. Los cadáveres de los demonios ahogados, forman un poso residual que yace en el más recóndito rincón de su alma, desenmascarando asà las lagunas emocionales provocadas por la ausencia de la templanza perdida. Sus temores son aplacados dÃa a dÃa, gracias a las gotas de sudor que surcan su frente, suscitando escalofrÃos de energÃa vital que le incitan a recordar que el corazón puede volver a latir a través de las vibraciones producidas por unas viejas zapatillas. Cada paso es un progreso. Cada kilómetro es una victoria. La meta se torna distante, borrosa y casi inalcanzable. Pero su rÃtmica respiración y su aliento cristalino le recuerdan que por sus venas solo fluye la sangre.