La luz del sol acariciaba mi piel, el aire agitaba mi cabello. OlÃa a asfalto, sudor y hierba recién cortada. Rostros desconocidos aplaudÃan, gritaban, llenándome de energÃa. La libertad en mi pecho era tan intensa que dolÃa. Los corredores me adelantaban. Intenté hablarles, pero, como siempre, me faltaba el aliento. Me limité a disfrutar. Al fondo, la meta brillaba. Solo un poco más, pensé. Un esfuerzo más. El calor de los aplausos retumbaba como tambores de guerra. Un poquito más…
Cuando al fin llegamos, vi la cara de mi padre, sudando, sonriendo. El cansancio en sus ojos no opacaba su felicidad. Me dolÃa la cara de tanto sonreÃr.
— Gracias — pude decir al fin, mientras me besaba la frente y empujaba mi silla de ruedas hacia mamá, que nos esperaba con un par de botellas de agua.