Este año estaba en plena forma. Tras una buena salida y un sprint hasta Plaza España, ya iba por delante de la multitud. Mantengo el ritmo subiendo por Mirat, cuando otro corredor me flanquea y casi me derriba con su tamboril. Con una mano en la gaita y la otra ajustándose el sombrero, me hace un gesto de disculpa antes de acelerar y rebasarme.
Aprieto el paso, pero le sigo con dificultad. Sus altas botas se mueven con una ligereza imposible, y por un momento dudo si corre o baila. Perdida la concentración, y sin resuello, con gran esfuerzo logro alcanzarlo. Se gira hacia mà y dice, con una sonrisa que me devuelve el aliento: —¡Vamos, chaval, hasta la catedral!
Nos lanzamos juntos y volamos por el recorrido.
Lo último que vi fue su silueta trepando la torre. Al cruzar la meta, una estruendosa charrada resonó desde lo alto.