Un tipo clavado a FermÃn Cacho me hace de liebre en la San Silvestre salmantina. Él también la corrió. ¿O no? Ahora dudo. En cualquier caso, corre por delante de mÃ, pero a cada poco gira la cabeza —gesto inconfundible— para comprobar que le sigo o para darme ánimos, quién sabe. Los necesito, porque no hago más que ver dorsales que me sobrepasan. Problemas de la edad, supongo.
Cacho, o quien sea, gasta ya pelo ralo y ha engordado, bastante dirÃa yo —está también más encogido— y advierto que la carrera se le hace larga. Como a mÃ, que frisando los cincuenta acuso ciertas deficiencias en el organismo.
Confieso que me gusta su compañÃa, pues a todo se acostumbra uno. Por momentos me distraigo y lo imagino en 1992 ganando el oro olÃmpico. Pero a nada, unos tres minutos y pico, vuelvo a la realidad. Y me siguen pasando corredores.