Cada fin de año, Salamanca celebraba a carrera cuyo vencedor obtenía un deseo, aunque nadie recordaba a quienes llegaban segundos, pues jamás se los volvía a ver. Antonio llevaba once años preparándose; su madre había desaparecido en aquella carrera cuando él tenía seis, y lo único que deseaba era recuperarla.
Corrió junto a una bandada de gorriones que antaño habían sido hombres, entre sombras abandonadas por sus dueños hasta alcanzar la meta, donde lo esperaba el silencio.
—Quiero que vuelva mi madre.
Desde el horizonte, apareció una mujer de la mano de un niño cuya cicatriz sobre la ceja era idéntica a la suya.Mateo tenía seis años de nuevo, frente a una tumba abierta, desde cuyo interior su madre lo llamaba. Comprendió que nunca había corrido hacia la meta, sino hacia el instante anterior a perderla.
Esta vez, entró en la tumba. Y la muerte ya no lo asustó.