La barra es mi línea de salida. Lleva siéndolo veinticuatro años.
Empiezo con los cafés, mi Plaza Mayor. Los corredores desayunan, se mezclan con mis habituales. El frío empaña los cristales.
—A ver cuándo te animas tú —me dice Carlos, con la camiseta de la San Silvestre.
Yo sigo secando vasos, mi Catedral. Pongo la tele y Carlos calla.
Alguien tuesta castañas en la calle. Su olor se mezcla con el de los torreznos de la cocina.
Sirvo el vermú: mi Puente Romano.
Hora del almuerzo. El bar lleno es mi Plaza de las Angustias, comanda tras comanda.
A las cinco voy por el Paseo del Rollo, cerrando caja.
Por fin cruzo la meta con un café. Me pongo mis zapatillas viejas y los shorts del Unionistas.
Estoy en la línea de salida con el dorsal puesto, en el Paseo de San Antonio.
Vamos.