Sábado. Siete de la mañana. Me calzo las zapatillas y las miro como si fueran de oro. Deslumbran. Forman parte de mÃ, de mis pesadillas y mis anhelos. Después de recorrer campos, carreteras comarcales y pistas deportivas, hoy voy a entrenar el circuito oficial. Bajo a la calle, llego a lo que será la lÃnea de salida y se me acelera el pulso. Hay turistas, como siempre en la ciudad, pero también otros corredores que, como yo misma, quieren poner a prueba la adrenalina. Empiezo a buen ritmo. El cronómetro avanza. Corro, pero siento que vuelo. Soy un pájaro. No importa el frÃo de otoño ni algunos charcos que dejó la lluvia de la noche anterior. Sigo adelante. Un kilómetro, dos, tres… Observo los edificios como si estuvieran en otro mundo, esquivo algún coche, no me detengo. Es la máxima expresión de la libertad… Si no corres, no lo entiendes.