El mejor atleta del mundo, como se autodenominaba; SM (Su Majestad) como le decían sus rivales, comenzaba el ritual: estirar músculos y calentar el cuerpo. Le rodeaba la chusma: amas de casa en mallas fosforito, niños con mocos y viejos barrigudos. Se abrazaban y se deseaban suerte. ¡Estúpidos, como si tuviese algo que ver! Para colmo vio a unos jóvenes, uno de ellos invidente. Lo que faltaba…
Comenzó la carrera y en unas zancadas se distanció del gentío. No tendría que esforzarse, nadie estaba a su altura. Cada vez estaba más lejos, así que aflojó el ritmo, sería más divertido. Le pareció deprimente que se jalease al ciego, un tal Jose, y que le dejasen paso. SM ganó, evidentemente, y el ciego quedó segundo. En el pódium se escuchaba “Joseee, Josee”. Molesto, le susurró al oído:
—He ganado yo.
—Sí —contestó Jose—. Pero no has participado.