Presa del pánico, me coloqué disimuladamente junto a él esperando el pistoletazo de salida. Ni siquiera sabÃa su nombre, pero me habÃa apuntado a la carrera presumiendo que él también lo harÃa. Entrenaba por donde él lo hacÃa, pero nunca se percató de mi presencia. ¿Qué más tenÃa que hacer? Unos chavales nerviosos y un pequeño empujón hicieron que mi cabeza terminara chocando con su hombro izquierdo. Se giró súbitamente y le pedà perdón muerta de vergüenza. Al minuto volvió a girarse para mirarme de arriba abajo. Me pareció que esbozaba una leve sonrisa. Me observó atónito cuando al empezar la carrera le seguà el ritmo y me silbó cuando le adelanté a la altura del Puente Romano. Crucé la meta a escasos metros de él. Se me acercó y estrechándome la mano me felicitó por la marca realizada. ¿Gané la carrera? Pues yo dirÃa que sÃ.