27 DE DICIEMBRE DE 2026

“¡Herejía! ¡Herejía! ¡Dejad de perseguirlos, son cristianos!”. Un señor extravagante empujó al técnico de megafonía desposeyéndole de aquel artilugio del demonio. Ahora emitía gritos que inundaban el recorrido de la carrera. La seguridad del evento se dirigió hacia el templete con cara de pocos amigos. Vestía una sotana blanca, raída y deslavada y en su cabeza llevaba una mitra papal confeccionada con retales. La mano libre sujetaba con fuerza un bastón. ¡Devolvedme mi báculo, botarates!, gritó, mientras lo reducían. El director del siquiátrico llegó solícito. “Haga el favor de controlar a su interno. Todos los años, interrumpe la competición”, le espetó uno de los guardas. Constantino, el director, no contestó, se limitó a subirlo al coche, mientras resonaba el griterío de corredores llegando a la meta:
― ¿Seguro que no son cristianos perseguidos? ¿Seguro que me aclaman para convertirme en Santo?
―Seguro, Silvestre. Palabra de Emperador…