“¡HerejÃa! ¡HerejÃa! ¡Dejad de perseguirlos, son cristianos!â€. Un señor extravagante empujó al técnico de megafonÃa desposeyéndole de aquel artilugio del demonio. Ahora emitÃa gritos que inundaban el recorrido de la carrera. La seguridad del evento se dirigió hacia el templete con cara de pocos amigos. VestÃa una sotana blanca, raÃda y deslavada y en su cabeza llevaba una mitra papal confeccionada con retales. La mano libre sujetaba con fuerza un bastón. ¡Devolvedme mi báculo, botarates!, gritó, mientras lo reducÃan. El director del siquiátrico llegó solÃcito. “Haga el favor de controlar a su interno. Todos los años, interrumpe la competiciónâ€, le espetó uno de los guardas. Constantino, el director, no contestó, se limitó a subirlo al coche, mientras resonaba el griterÃo de corredores llegando a la meta:
― ¿Seguro que no son cristianos perseguidos? ¿Seguro que me aclaman para convertirme en Santo?
―Seguro, Silvestre. Palabra de Emperador…