27 DE DICIEMBRE DE 2026

Allí estaba, un año más participando en la carrera de San Silvestre Salmantina. Diez kilómetros que para Agustín eran como una maratón: sus cincuenta y dos años le pesaban pero se lo tomaba con filosofía. Dejaba que los veinteañeros le adelantaran y él corría a su ritmo sin prisa. Eran ya quince años seguidos participando en la carrera y conocía a la perfección qué kilómetros le hacían sufrir más pero también cuáles eran los más mágicos: durante los últimos dos kilómetros, su cuerpo se había acostumbrado ya al cansancio y sentía poco dolor. Cerraba los ojos. Podía hacer el recorrido de memoria. Le gustaba correr a ciegas y trasladarse a otro sitio: el desierto de Atacama , una jungla hawaiiana o un paisaje rocoso islandés. Eran estos dos últimos kilómetros que hacían soñar a Agustín. Era en este momento que se sentía capaz de recorrer todo el mundo sin parar.