Allà estaba, un año más participando en la carrera de San Silvestre Salmantina. Diez kilómetros que para AgustÃn eran como una maratón: sus cincuenta y dos años le pesaban pero se lo tomaba con filosofÃa. Dejaba que los veinteañeros le adelantaran y él corrÃa a su ritmo sin prisa. Eran ya quince años seguidos participando en la carrera y conocÃa a la perfección qué kilómetros le hacÃan sufrir más pero también cuáles eran los más mágicos: durante los últimos dos kilómetros, su cuerpo se habÃa acostumbrado ya al cansancio y sentÃa poco dolor. Cerraba los ojos. PodÃa hacer el recorrido de memoria. Le gustaba correr a ciegas y trasladarse a otro sitio: el desierto de Atacama , una jungla hawaiiana o un paisaje rocoso islandés. Eran estos dos últimos kilómetros que hacÃan soñar a AgustÃn. Era en este momento que se sentÃa capaz de recorrer todo el mundo sin parar.