No llevan capa ni varita, pero transforman calles en ríos de entusiasmo. Antes de que nadie despierte, ya han dibujado flechas que parecen hechizos, han colocado cintas que ondean como conjuros y han escondido en cada esquina un secreto de aliento. Nadie los ve, nadie los nombra, pero cuando suena el pistoletazo, la ciudad entera se convierte en un escenario encantado. Y entonces corres, y sientes que alguien ya había encendido la ciudad para que tú brillases en ella.