Dejaba atrás el paseo de San Antonio y avanzaba a paso ligero hacia el siguiente nivel del recorrido. En el Bulevar San Francisco, descubrió un gatito a punto de ser aniquilado por un viejo tubo de escape. Tiró de él suavemente y el animalillo comenzó a seguirle. Poco a poco se fueron uniendo otros mininos a la carrera. En la Plaza de San Antonio, se cruzó con dos hombres que llamaron su atención. Uno era ciego de nacimiento, pero trataba de seguir el curso de la carrera, hasta que, con su bastón, palpó las harapientas vestiduras del flautista de AmelÃn gatuno. La primera imagen que vieron los ojos del invidente fueron las de otro lisiado, también con su bastón, saltando de alegrÃa. ¡Saltando! ¡Un paralÃtico! Ambos se miraron, dubitativos, y se preguntaron si aquel vagabundo que cruzaba la lÃnea de meta con su séquito de gatos serÃa realmente San Silvestre.