Muchos se preguntan por qué sigo corriendo a mis ochenta años. PodrÃa sugerir que por hábito, por superar un reto Guinnes, o por puro tesón. También -lo cual, es cierto- porque creo que te hace sentir en comunión contigo mismo y el mundo. Pero hay otra razón que nunca he revelado. Cuando corro, me acuerdo de sus rostros. Me refiero a los jóvenes que salÃan de las trincheras. La gente ignora que, en las guerras, lo que hacen los soldados la mayorÃa del tiempo no es combatir, sino correr: escapando de las balas, del miedo, del horror. Muchas veces, para salvar a otro compañero.
Yo me acuerdo de las caras de aquellos que salvé o me salvaron y, también, de quienes no siguieron. Sobre todo, de las de estos últimos: es como si, corriendo al final de mi vida, les otorgase una segunda oportunidad.