No quiere ni puede acelerar el paso. Solo desea saborear cada zancada, cada latido. Él estará, quizá, doscientos metros por delante. O tal vez detrás. En alguna recta creyó distinguir su silueta. Al cruzar el arco de meta con los corredores en estampida, los recuerdos se agolpan. El año anterior lo cruzaron juntos, de la mano, fundiéndose en un abrazo eterno.
Sabe que podría ir más rápido. Sabe que hoy no será su mejor marca. Sabe que ella estará a doscientos metros, delante o detrás. En alguna recta creyó verla. No debe. La meta se aproxima, y con ella, el peso de lo vivido. El año anterior la cruzaron juntos, fundidos en un abrazo eterno.
Hoy, tras diez kilómetros, no le quedan fuerzas. Le pesan los recuerdos. Y esa orden judicial. Esa distancia que antes era símbolo, ahora es ley. Corre, sí. Pero arrastra la culpa.