Como llevo haciendo tantos años, me ato las zapatillas antes de que den el pistoletazo de salida. Todos los corredores comienzan a danzar a mi alrededor; unos más rápido y otros más despacio, cada uno a su ritmo. Se palpa en el ambiente las ganas de divertirse, de entregarse, de batir el tiempo de años anteriores. Miro a mi alrededor y veo madres, abuelos, amigos y compañeros. Veo competitividad, pero también disciplina y pasión. Junto a mi mujer, muevo mi cuerpo lentamente hasta la meta sorteando a los que caminan por la acera en dirección contraria. Cuando llego, una sensación de satisfacción recorre mi alma. Apoyada en mi bastón, espero a que mi hijo sobrepase corriendo, al igual que yo durante tantas sansilvestres, la línea de meta. Aunque me haya hecho vieja y ya no pueda correr, hay tradiciones que se pasan de generación en generación. Esa es la magia.