Cuando sonó el disparo de salida, mis zapatillas salieron volando. Yo no. Correr descalzo no entraba dentro de mis planes. Fui tras ellas, hasta que las vi poniendo zancadillas y destrozando tobillos. ¡Qué vergüenza jugar tan sucio! -pensé. Imposible que un calzado que llevaba conmigo tres San Silvestres y cientos de entrenamientos, pisoteara a los adversarios en una carrera en la que tampoco importaba ser el más rápido. Tardé en darme cuenta de que perseguÃan a la única palabra que estaba en todos los pies. Ganar. A mà me venÃa grande. Aún asà llegué el primero a la meta y tuve tiempo de observar quien llevaba mis pies dentro de sus zapatillas, con el número equivocado.