La tía dice que es una temeridad y el abuelo, que fue quien le inoculó el veneno del deporte, repone que no correr sería de cobardes. Mi hermana, siempre en su trinchera como buena adolescente, opina que cada cual debería poder elegir qué carrera prefiere. Papá calla, pero su cara desencajada habla por él y no otorga precisamente. Un desconocido se inmiscuye en el debate con un “déjala correr” que pronto encuentra réplica, pues la abuela le arroja su refranero “agua que no has de beber”.
Mamá los escucha a todos, pero se encamina hacia la salida para participar, como lleva haciendo sin excepción desde hace treinta y nueve años. Y yo, igual que ella, también quiero salir, porque he oído que fuera de su vientre la meta es ser feliz.
Ya no queda nada. Quizás no todo salga bien, pero correremos; correremos el riesgo.