Recuerdo cientos de besos antes de quedarme dormido, acogido en los brazos de un mar en calma. Cuando desperté, dÃas después, conservaba un rastro salino en los labios. No todo habÃa sido un sueño.
Del océano de palabras y gestos la marea me trajo los restos de aquella travesÃa y depositó en la arena de mi espejo unas deportivas y el número de un dorsal tal vez como salvoconducto al paraÃso.
Y ahora estoy aquÃ, engullido por esta multitud acuosa, lanzado a la inmensidad de la bola de cebo, sin más orientación que la que marca el cardumen, buscándote como un náufrago, tablón al que me asiré para no ahogarme.
La noche castellana es frÃa y seca. Mis mejillas, enrojecidas, aún sienten la nostalgia de tus branquias y mis ojos te buscan entre los nadadores oscuros. SerÃa una victoria llegar a la meta contigo o, incluso, detrás de ti.