Se lo habÃa prometido asà que ahà estaba yo, la persona que nunca jamás antes habÃa corrido, ni siquiera para coger el bus que se le escapaba.
Pero ese 31 de diciembre esa carrera significaba todo, su gran victoria, asà que era la mejor de las torturas que me podÃa imaginar.
Y ahà estábamos las dos, sobre las calles de nuestra ciudad, calzadas con nuestras zapatillas empezando a rodar.
Ella, con su pelo corto que empezaba de nuevo a brotar, preciosa e ilusionada. Y yo, siguiéndola como podÃa, intentando respirar, sin tiempo a ver ni por donde andaba.
De repente, se giró, me cogió de la mano y señaló.
Enfrente una pancarta enorme rezaba: “MarÃa eres grande! Campeona, has ganadoâ€.
Toda su gente estaba ahÃ, esperándola a cruzar la meta. MarÃa habÃa ganado la más grande de las carreras.