27 DE DICIEMBRE DE 2026

Siempre quiso ser el Mariquelo. Como buen salmantino, siempre quiso subir hasta la torre más alta de la Catedral y dar gracias. ¿Gracias por qué? Gracias por todo: gracias por la vida, gracias cercanas por la ausencia de tragedias, gracias lejanas por aquel terremoto de Lisboa que en 1755 no llegó a destrozar su ciudad.
El problema es que le daban miedo las alturas.
Por eso había decidido correr. Los diez kilómetros de la San Silvestre Salmantina eran su acción de gracias. A cada paso, una muestra de gratitud; a cada vaharada de esfuerzo, un peldaño hacia la bola más alta de la Catedral. Y lo había conseguido. Sin vértigos y a elevación cero, sí, pero lo había logrado. El adoquinado de Salamanca resonaba a cada zancada, como queriendo decir: «¡gracias! ¡gracias! ¡gracias!».
¡Él era el Mariquelo!