El aire frío del Tormes tenía filo. Marisa ajustó los cordones y miró el reloj. “No corras contra nadie, corre para entenderte a ti misma”, le había dicho su abuelo cuando era pequeña. Pero ahora, entre los cuerpos que tiemblan de nervios, no tenía muy claro qué quería entender.
El disparo. Un río de pasos en el Paseo de San Antonio. Las luces de Navidad parpadeaban como señales secretas. Marisa respiraba con furia, con miedo, con fe. A cada zancada, sentía que algo se deshacía detrás de ella: quizá el año que acababa, quizá su antigua vida.
En la última curva, creyó ver a su abuelo entre el público. El mismo abrigo marrón, la misma sonrisa leve. “Vamos”, oyó. Llegó a meta temblando. Nadie la esperaba.
Solo el abrigo, doblado sobre una valla, y una nota húmeda: “Esta vez sí corriste bien, Marisina”.