Llegó el día. Después de atarme los lazos de mis viejas zapatillas siento ese cosquilleo que me produce la San Silvestre. Esa carrera que cruza el empedrado de la ciudad. Esa carrera que me invade de nervios antes de empezar y que a la vez me llena de serenidad al estar allí. Empieza. Dejamos parte de sus calles atrás mientras aparece la energía proveniente de los salmantinos, los gritos llenando tu esfuerzo, la satisfacción reflejada en sus caras y el impulso en las nuestras. El viento susurra palabras de ánimo mientras su aliada la lluvia nos guía a través del rastro mojado. Vislumbro la meta. Ahí está. El objetivo se acerca y no puedo evitar una gran sonrisa. Percibo los últimos aplausos y la atravieso. Todo son abrazos, dicha, palmadas en la espalda y muchísima felicidad. La terminé y me conquistó.