No era un día cualquiera, era un domingo lleno de emociones. Abundante alegría, pero también mucha nostalgia por todos aquellos que habían participado en la carrera tantos años, bien corriendo o animando, y esta vez estaba sola. Sus abuelos ya no estaban en este mundo, su hermano viviendo en otro país y sus padres cuidando a un familiar enfermo. Estaba ella, sólo ella.
Empezó a correr, observada por la elegancia y majestuosidad de la ciudad y, en cada paso que daba, se daba cuenta de que estaba muy equivocada.
La carrera convocaba a todos, los presentes y los ausentes, y hacía que fuera una cita especial. Así que, arropada por todos desde el cielo, y en la tierra, consiguió llegar a la meta.
No, evidentemente, no fue un día cualquiera, era la San Silvestre Salmantina, mucho más que una carrera.