LlovÃa, pero eso no me importaba, asà que me subà la capucha, cerré la puerta de casa y me lancé.
El primer paso fue firme. El segundo aterrizó en un charco. Me empapó el zapato y me detuvo unos preciosos segundos. Miré atrás, pero no podÃa detenerme, asà que arranqué a toda velocidad.
Mis pies volaron por el asfalto hasta que encontraron tierra mojada. Mis pulmones estaban ya completamente abiertos, asà que empecé a sentirlo todo.
Mi miedo. La lluvia. Mis dudas. La hierba. Mi odio. La chaqueta. Y mi inquieto corazón colándose por cada poro de mi cuerpo y excretándolo todo fuera de mÃ.
Era lo que necesitaba. Era lo único que necesitaba. Y esprinté cerrando los ojos, sabiendo que, por unos instantes, serÃa más rápida que mi pasado, que mi memoria. Y por una vez, no fueron lágrimas lo que empapó mi sonrisa.