Recién salido de su rectorÃa y sin tiempo a levantar la vista para no tropezarse con la tranca de la puerta que andaba suelta, llegó la marabunta de corredores dispuestos a rodearlo y sobrepasarlo. Algún animado le lanzaba alguna frase para ver si hacÃa despertar en él las ganas de unirse a los deportistas –Don Miguel, ¿se viene de carrerilla?– de seguido se atrevÃa algún otro a azuzarlo–¡Venga Don Miguel! ¡AnÃmese!–. A partir de ese momento todos al unÃsono le jaleaban para que fuera con ellos. Éste los miró de reojo y anclado al suelo mientras se reforzaba los nudos de sus zapatos con dobleces les contestó –La opinión de toda una multitud es siempre más creÃble que la de una minorÃa–. Con esta frase salió despedido un grupo ampliado a través de la calle Libreros, en medio se vislumbraba un hombre en traje, libro en mano.