Su vida transcurría ajetreada entre lavadoras de ropa y fogones preñados de arroz y pollo. Hacía tiempo que dejó de recordar las tardes de reunión con sus amigas entorno a un café y los fines de semana junto a su marido de senderismo por la montaña.
Todo eso quedaba ya muy atrás pues hacía años que los entrenamientos diarios y las competiciones dominicales se disputaban cada una de las horas de su reloj.
Así era su vida.
Y así era feliz.
Una sola sonrisa de su hijo tras cada línea de meta bastaba para llenar su corazón y su existencia.