Me dijeron que no volverÃa, que la rodilla no aguantarÃa, que me despidiera. Pero aquà estoy, en la lÃnea de salida, con los pies firmes en el asfalto. El aire entra despacio, cargado de significado, como si cada inhalación fuera una promesa cumplida. Alrededor, el bullicio de los demás se desvanece. Solo me escucho a mà mismo: el latido en las sienes, el pulso en las muñecas, el temblor en las piernas, no de agotamiento, sino de emoción. Nunca imaginé regresar. Cuando dijeron que la rodilla se habÃa rendido, sentà una fractura en el alma, más profunda que el dolor fÃsico. Pero hoy, en este instante, sé que he conseguido alcanzar mi meta.