Marta corría porque el año anterior la medalla que entregaban al finalizar era de chocolate belga. Una pieza excelente, según los entendidos, cuyo sabor a cacao puro justificaba los meses de entrenamiento. Una medalla comestible es la única medalla honesta, pensaba. Las de metal son mera chatarra para el ego.
Este año, sin embargo, el rumor se había extendido por los vestuarios, la medalla de la XLI edición sería una aleación anodina con un grabado genérico.
El atletismo se había convertido en un vulgar timo. Su motivación se había esfumado.
La carrera empezó. Marta corrió los primeros cinco kilómetros.
En el kilómetro ocho desvió su ruta. Corrió hasta una chocolatería artesanal de la Rúa.
Entró sudando, compró una caja de bombones surtidos y se comió un bombón de naranja.
En la meta, Marta llegó limpiándose el chocolate de la comisura. Ella había ganado su San Silvestre Salmantina.