Esas zapatillas le hacían volar. Llegó entre los cien primeros a la curva del Paseo de Canalejas. Eso le motivó para adelantar posiciones. En la calle Zamora sintió una mezcla de calor y frío propia del invierno, el esfuerzo y el ánimo de los transeúntes. En la Plaza Mayor se imaginó en un medallón como premio al triunfo. El Puente Romano lo cruzó emulando al ciego que, en piedra, encontró a la entrada. Su ‘lazarillo’ le llevó a la cabeza. Las cuestas del regreso le hicieron desfallecer. Pero sólo tenía tres corredores por delante. Superó a dos en las avenidas que unen los barrios Labradores, Salesas, Garrido y Rollo y se plantó en el Paseo de San Antonio rezando a dicho santo en búsqueda del aliento final. ¡La última zancada le hizo vencer entre aplausos del público! Al segundo, oyó el pistoletazo de salida. Ya sabía cómo iba a ganar…