“¿Pies para que os quiero si no corro, vuelo?â€, meditó el atleta en la última etapa de la San Silvestre, agotado y sudoroso. Apenas sentÃa los pinchazos en sus gemelos y sus piernas se habÃan inmunizado contra el dolor. Se sentÃa como FilÃpides en la Antigua Grecia, como un mensajero que debÃa de llegar a su destino para cumplir una misión de vital importancia. Por fin divisó la meta y su objetivo a alcanzar. Apenas le quedaban diez metros cuando una piedra mal colocada en mitad del camino lo precipitó contra el suelo. Cayó de bruces y ahà quedó postrado durante unos segundos, hasta que una mano amiga lo ayudó a levantarse. No era una musa, tampoco un semidiós, sino otro simple mortal como él, amante del deporte y solidario, motivado por leyendas inmemoriales, apoyándolo hasta la meta como leal compañero que recuerda el verdadero significado del deporte.