Salen los dorsales amarillos y sigo preguntándome qué hago aquÃ. Comienza el trote, y la euforia se dispara a mi alrededor, y ya me empiezan a doler las rodillas. Al pasar junto al vaquero, sudando, jadeando, y siendo adelantado, recuerdo la heladerÃa del parque donde debà haberme apeado. Pero al torcer en Puerta de Zamora, la acera torna en piedra grabada con viejos recuerdos que conducen hasta Plaza Mayor dibujando una sonrisa en mi rostro. Hacia la universidad continúa mi sendero, cuando un lazarillo embustero, desvÃa mi camino haciéndome dar un rodeo. Cruzado el Barrio Oeste, enfilo pletórico la Avenida de Portugal, entre vÃtores y aplausos, sabiendo que no serán mis restos los que exhiban en el Rollo, pues pasado este último escollo, solo quedaran unos metros para alcanzar la gloria, donde al final esperan unas buenas revolconas.