Las últimas zancadas lo acercaban a la meta de su última San Silvestre Salmantina, mientras su respiración entrecortada competÃa con los aplausos del público. A su alrededor, los corredores lo adelantaban sin esfuerzo, pero eso no le importaba; él ya habÃa corrido las mejores carreras de su vida. Era un veterano, un hombre al que el tiempo habÃa tatuado arrugas y recuerdos en la piel, pero sus piernas aún respondÃan al impulso de seguir adelante.
En su mente resonaban las voces de quienes ya no estaban, aquellos amigos de juventud con los que compartió la pista y los dÃas. Cuando cruzó la lÃnea de meta, sus ojos se llenaron de lágrimas. No era la victoria lo que buscaba, sino la emoción de sentir la vida corriendo en sus venas una vez más.
Ese último tramo fue para ellos, y para él, que nunca dejó de ser joven en su corazón.