27 DE DICIEMBRE DE 2026

El aire frío de diciembre golpea mi rostro, pero no me detiene. Es la primera edición de la San Silvestre, 1984. ¡Qué emoción! A mi lado, una chica corre en silencio. No la conozco, pero su presencia es cálida, como si siempre hubiera estado allí.
Los edificios antiguos se deslizan como sombras. Los detalles son borrosos, como si estuviera corriendo en un sueño. Intento recordar por qué esta carrera es tan importante, pero los pensamientos se me escurren.
Estoy cansado. No sé qué hago corriendo. Sin pensarlo, me detengo y la chica se para conmigo.
—¿Por qué corremos? —pregunto, con un nudo en la garganta.
Veo cómo sus ojos se encharcan y me acaricia la mejilla con ternura.
—Estamos en la trigésimo novena edición de tu carrera, abuelo.
No entiendo nada. La miro confuso, dudo de todo, respiro y me pongo a correr… como siempre.