Gotas de sudor resbalaban por mi frente arrugada al mismo tiempo que mi corazón se aceleraba, como la peonza de aquel niño juguetón del parque, como un avión antes de despegar hacia su destino, el mío se llamaba meta. Lo cierto es que mi queroseno había caducado hace tiempo, pero una promesa es una promesa y la sonrisa de un niño es el mayor trofeo que un viejo corredor puede conseguir.
Aceleré al ver su cara, mientras todo mi cuerpo crujía pidiendo clemencia ante tal castigo.
Allí estaba Rubén, sentado en su silla de ruedas mientras aplaudía al igual que los demás corredores, cansados ya de esperar.
Al pasar a su lado escuché como se giraba hacia Carla, mi hija, y le decía orgulloso: «Ése es mi abuelo».
Yo lloraba al entrar en meta y, mientras el público me vitoreaba gritándo, señalé a Rubén y balbuceé: «Ése es mi nieto».