Suena el silbato y mis músculos, ansiosos por vencer, parecen émbolos de acero que empujan titánicamente mi cuerpo hacia la victoria. Muy pronto empiezo a distanciarme de los demás corredores, y, como siempre, correré en solitario.
El sol cae en vertical. Mi cuerpo se tambalea grotescamente. Por fin, veo el lienzo, atado a las farolas, anunciando la META. Siento un nudo en la garganta. Este año puedo conseguirlo, estoy seguro. De pronto, dos operarios con unas largas varas, amenazan con derribar el lienzo cortando las cuerdas, pero yo grito desesperadamente: “¡Por favor, esperad!â€. Al verme, empiezan a gritar y aplaudir. Lloro por la emoción. Tras ocho años participando, por fin voy a pasar, con mis 120 quilos, por debajo del lienzo. Voy sorteando a unos barrenderos que recogen el confeti que tiraron hace dos horas. Levanto los brazos y grito: “SÃÃÃÃÃÃÃâ€.
Hoy, el verdadero ganador he sido yo. Estoy orgulloso.