El paseo de San Antonio está repleto. No cabe un alfiler. Le doy la espalda a la iglesia, me apretujo entre la gente para ver más de cerca a los corredores. Los familiares y amigos los alientan con gritos y pancartas. Los niños pequeños se suben a los hombros de los padres para participar de la fiesta callejera y ondear al viento sus banderines. Busco en la multitud a mi padre, un hombre septuagenario al que la vida no lo logra botar. Un hombre que despierta cada mañana y entrena su cuerpo cansado buscando estrujarle hasta la última gota de vitalidad y que busca desafÃos cuando tiene la vida resuelta; un hombre que no se rinde y que se esforzará por cruzar el listón de la meta con los brazos en alto y una sonrisa. Buscará en el público la aprobación en los ojos de su hija. Me encontrará orgullosa.