Justo acababa de revisar que los cordones no fueran a enamorarse por el camino propiciando una caída a mitad de carrera cuando… “¡Atención, quedan cinco minutos para la salida!”. Era mi primer dorsal y mis gemelos estrenaban el mundo del atletismo sin miedo, con la decisión propia de quien carga el esfuerzo en cuerpo y mente. Aurículas y ventrículos bailaban tan desaforadamente que mi nariz necesitaba ayuda de la boca para mandar los nervios al exilio. Disposición, concentración, meta. “Preparados, listos…”. Una primera zancada zurda puede no representar el comienzo idóneo y, sin embargo, me dio el impulso necesario para saludar a la archiconocida rana universitaria y disfrutar de los ánimos compañeros. Mi mente tiró de abdomen para respirar los últimos kilómetros por las calles tostadas de la capital charra. Exhalé la meta. La satisfacción clausuraba mi estreno del atletismo con la San Silvestre Salmantina como título.