27 DE DICIEMBRE DE 2026

Mi cuerpo rollizo, acostumbrado a la pasividad, sosegado por los libros de fantasía, dominado por una mente que a su vez estaba dominada por mil y un miedos, y millones de sueños, se atrevió un día a empujarme, y motivarme para correr la San Silvestre Salmantina.
Mi cabeza me decía que el fracaso era casi absoluto, que quizás mis piernas no me llevarían ni hasta la mitad de carrera, que miles de ojos me verían desfallecer y sudar hasta formar un embalse salado, donde podrían nadar y hacer otra carrera más.
Pero me alejé de esos pensamientos que son tan instantáneos como pestañear y que la mayor parte de las veces nos llevan a cerrar puertas a priori.
La clave estaba en cambiar. Cambiar la forma de ver las cosas. Mi objetivo no sería ganar, sino la satisfacción de alcanzar mi propia meta.