27 DE DICIEMBRE DE 2026

Correr por el paraje lunar de las Cañadas del Teide al atardecer del 31 de diciembre no es un mal plan. Pero mi mente está a mil ochocientos kilómetros de allí, en las frías calles de Salamanca, aquellas que por primera vez en veintitrés años no puedo disfrutar en la San Silvestre. Maldita pandemia que tantas cosas nos ha robado.

Una chica morena y fibrosa corre hacia mí en sentido contrario por el camino pedregoso, nos separamos todo lo posible al cruzarnos, vamos sin mascarilla. Nuestros ojos se reconocen fugazmente: hace justo un año compartimos treinta metros de carrera sobre el Puente Romano, casi puedo recordar su dorsal. Acelero mi zancada, sin volver la cabeza, el viento en mi rostro. Quiero dejar cuanto antes atrás este miserable 2020.