«¡Vamos, aguanta! Ya se atisba el verraco, mira cómo el sol le acaricia el lomo… Enseguida estaremos cruzando el puente romano», jadeaba Alfonso. Era la primera vez que corría junto a su hija Julia, que este año participaba en la categoría sub-18 y por fin se enfrentaba al recorrido completo. Su padre, para animarla, había aminorado el ritmo. «¡Venga, papá, que te estoy alcanzando!», le grita Julia, emocionada. Este año el cielo está despejado y la luz se recuesta sobre los edificios históricos de la ciudad dorada, que insiste en hacer justicia a su sobrenombre. Todavía quedan muchos metros para llegar a la meta, pero padre e hija ya se miran cómplices, pues saben que no será su marca de tiempo la que certifique que han ganado.